¿Se puede oponer resistencia a lo inevitable?

Nada se opone a la noche (Anagrama, 2012) es una obra de Delphine de Vigan que desde el género rompió con lo que había estado leyendo: se trata de una crónica familiar, una especie de novela autoficcional. En esta historia, la narradora cuenta la vida de su madre y su relación con ella desde su experiencia como hija de esta madre singular, enferma y suicida.

«Todo eso ya no tenía importancia. Mi madre se había vuelto loca, mi madre había sufrido un ataque psicótico, mi madre no estaba en sus cabales.»

     Me costó mucho pasar la primera parte, que sería aquella en la que cuenta la historia de la infancia de su madre, principalmente por su estructura fragmentaria y porque no me parecía interesante ni el relato ni la forma de contarlo. Una vez que entraron en escena la mirada y las impresiones de la hija narradora, sus palabras atravesaron mi corazón y mi propia experiencia, así que en este texto hablaré lo que el libro me hizo sentir más que de cualquier otra cosa.

«A veces, una luz en su mirada, una efímera turbación de su rostro, una sonrisa, nos recordaba la clase de mujer que había sido.»

    Al leer la novela de Delphine de Vigan volvieron al presente experiencias y situaciones que viví con mi propia madre, varias de ellas nunca puestas en palabras, solo registradas: las miradas, los gestos y las sensaciones... Estas piezas de la experiencia más difícil que he vivido hasta ahora habían quedado almacenadas, sin procesar, en una parte de mi mente que pensé que había permanecido cerrada, pero ahora que leí Nada se opone a la noche pienso que las guardé sin analizar o procesar porque parecían detalles importantes con los que no sabía qué hacer.

    Parece un cliché —por algo los lugares comunes se vuelven comunes—, pero la literatura puede aportar herramientas para procesar las situaciones más complejas de la vida propia, estoy convencida; sin embargo, en mi experiencia, es poco común leer una novela y decir «¡eso, eso exactamente fue lo que sentí!», lo cual me sucedió con esta. Mi lectura está íntimamente atravesada por la familiaridad que sentí respecto al desasosiego, la confusión y la pérdida expresados por la narradora.

«quiero dejar de tener miedo de que nos pase algo como si viviésemos bajo una maldición, poder aprovechar mi suerte, mi energía, mi alegría, sin pensar que algo terrible nos va a destrozar y que el dolor, siempre, nos esperará entre las sombras.»

    De todo esto me quedo con una conclusión: sí, se puede oponer resistencia a lo inevitable, pero eso no significa que podamos influirlo o cambiarlo. Darnos cuenta de que hay situaciones ante las que nada se puede hacer, que no hay nada que las contenga (como el padecimiento de una enfermedad o el suicidio), es el primer paso para hacer las paces con ellas. 

    Quizá parezca una conclusión triste o desesperanzadora, pero la novela termina con una referencia a esta canción que pongo abajo (de donde saca su título) y que, pienso, le dio un toque distinto a algo que podemos poner en palabras como una desgracia. La vida al final es lo que es y ya, nada se opone a la noche.


«Antes de que Lucile volviese de nuevo al delirio, las tres conocimos un periodo de dulzura, un extraño paréntesis: un anticipo de paz.»

Comentarios

Entradas populares de este blog

Una lectura de «Los vigilantes» de Diamela Eltit

Notas sobre Vagabundos, de Hao Jingfang