Una lectura de «Los vigilantes» de Diamela Eltit
¿Quién escribió Los vigilantes?
Diamela Eltit (24 de agosto de 1949) es una multipremiada escritora chilena que formó parte de la Escena de Avanzada, movimiento cultural que tuvo gran relevancia en la escena artística chilena posterior al golpe de Estado:
Diamela Eltit se inicia como escritora en los años de la dictadura de Augusto Pinochet (1973-1990) en Chile, con una narrativa de resistencia a las estrategias del poder en la que expresa de una manera textual la experiencia de vivir bajo un régimen represivo. María Inés Lagos
Con este dato en mente, sugiero una lectura de Los vigilantes en la que se piense en el encierro de la madre como correlato de la dictadura y, si se quiere, se estire aun un poco más y se lea a la luz de la influencia del patriarcado en la vida de las mujeres en el entorno violento del México de la segunda década del siglo XXI.
¿De qué trata Los vigilantes?
En la novela, dividida en tres partes, se cuenta —a través de lo que parecen ser cartas— la experiencia de una madre (médula del libro) y su hijo (al principio y al final), quienes viven confinados en una casa. En las cartas la mujer trata algunos sucesos del día a día y su preocupación constante por la vigilancia que ejercen sobre ella sus vecinos, el padre del niño y de la madre de este. Para una lectura más profunda del argumento de la obra, sugiero consultar el artículo de María Inés Lagos, citado anteriormente. Lo que me interesa ahora es compartir algunas reflexiones en torno de la novela que surgieron de una lectura conjunta.
¿Son reales los vigilantes?
En un círculo de lectura alguna de mis compañeras se preguntaba si existía la posibilidad de que los vigilantes fueran imaginarios y a varias nos hizo dudar. En la obra el lector puede compartir con la narradora y protagonista de la parte medular del relato la angustia de sentirse asediada por el control que ejerce el padre de su hijo a través de las miradas de sus vecinos y de la madre de este; es tal su preocupación que llega a experimentarse como una paranoia asfixiante y creo que ahí es donde, como lectoras, pudo haber aflorado la duda.
Como enfoque literario este punto me pareció interesante, pero otra de mis compañeras preguntaba: ¿dudar del testimonio de la narradora-protagonista, sobre todo cuando en la obra no hay nada que lo contradiga, no es acaso uno de los dispositivos que se ponen en acción contra las víctimas de violencia en la vida real?
Sucedieron otras cosas interesantes en el círculo, pero esta me pareció la cuestión más importante porque dejó una marca imborrable en mi experiencia como lectora: un gran primer paso para desmontar la experiencia literaria sexista es tratar de equilibrar nuestras lecturas —¿cuántas de las obras que hemos leído fueron escritas por mujeres?—, para mí el siguiente sería cuestionar qué juicios operan en mi lectura de la obra de estas autoras. Con suerte después de este paso hay otros más.
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