Una pandilla de niños vive una infancia inocente en Zimbabue. Rodeados de adultos pobres, impactados por los acontecimientos políticos recientes, la enfermedad y la muerte, los niños emprenden excursiones a barrios mejores para cortar guayabas e inventan juegos con lo que tienen a la mano hasta que la familia de nuestra narradora la envía a los Estados Unidos en busca de una nueva vida. De eso va Necesitamos nombres nuevos (Salamandra, 2018) la primera novela de NoViolet Bulawayo, escritora zimbabuense y migrante.
Esta novela, ambientada en una época bastante contemporánea, está dividida en dos partes: el antes y después de la migración. La primera parte me dejó un sabor de boca agridulce porque la sentí muy luminosa, en las descripciones de la infancia de Darling en Zimbabue hay mucho sol y mucho cielo azul, tierra rojiza y sudor:
«Nos levantan y nos lanzan por los aires, tan arriba que vemos el azul del cielo tan cerca que podríamos sacar la lengua y chuparlo.»
Pero la forma en que se cuenta la vida diaria de la pandilla de niños que son sus amigos, personajes centrales de esta parte de la novela, me impresionó bastante: los nombres, las circunstancias en las que viven y su forma de verlas, entenderlas y nombrarlas. Es más, cuando la estaba leyendo sentía un nudo en la garganta, luego le mostré a alguien fragmentos que me habían gustado y nos carcajeamos. Resulta que no estaba preparada para una de las joyas de esta novela, que me tomó por sorpresa: un humor infantil tan oscuro que pega como una cachetada, que me hizo detenerme e incluso dudar mientras me reía a carcajadas.
En la segunda parte de la historia, como contrapunto de la primera, encontré menos de este humor, pero una experiencia redondeada de una forma de vida que me resulta bastante ajena: la migración. Cuando hablo de "experiencia redondeada" me refiero a aquella que incluye problemas prácticos, como la comunicación en una lengua ajena o un clima inesperado, pero también otros más profundos, como la sensación de desarraigo y la imposibilidad de volver a un estado que ya no existe:
«Mirad cómo se marchan en tropel los hijos de la tierra. Simplemente mirad cómo se marchan en tropel. Los que no tienen nada cruzan fronteras. Los que tienen fuerza cruzan fronteras. Los que tienen ambiciones cruzan fronteras. Los que tienen esperanza cruzan fronteras. Los que han perdido cruzan fronteras. Los que sufren cruzan fronteras. Se mueven, corren, emigran, se van, desertan, caminan, renuncian, vuelan, huyen... a todas partes, a países cercanos y remotos, a países de los que no han oído hablar, a países cuyos nombres no saben pronunciar. Se marchan en tropel.
Cuando todo se hunde, los hijos de la tierra se escabullen y se dispersan como pájaros huyendo de un cielo en llamas.»
Entre la gente que conozco se dice que pocos han de ser los mexicanos sin familia en Estados Unidos o algún otro país, pero —como también se ve en la novela— este fenómeno es completamente distinto para los que nos quedamos y para los que se van. Bastante obvio, ¿no? Sin embargo nunca jamás había sentido lo que sentí leyendo esta novela en la que la narradora pone al alcance del lector, de una forma tan personal y con una prosa bella pero sencilla, la experiencia de convertirte en un otro prácticamente sin par.
Recomiendo mucho la lectura por los personajes tan entrañables, cada uno con una sensibilidad propia que alcanzamos a ver aunque sea de paso; por la estructura que da la sensación de haber sido perfectamente medida; la sensibilidad y la temática de la narración que marcan al lector; pero sobre todo por el humor y las imágenes:
«MadreAmor está cantando ahí fuera. Nadie más canta así en Paraíso, con una voz que vibra como la fruta madura que coges y te metes en la boca y entonces sientes su dulzor.»
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